Greenwashing: cuando lo sostenible es solo marketing

En ARQUIMA llevamos años defendiendo que la sostenibilidad en el sectoe de la construcción no puede (ni debe) reducirse a una etiqueta ni a un argumento comercial.

Durante los últimos años, la palabra sostenible se ha convertido en un reclamo omnipresente en el sector. Materiales, productos y soluciones constructivas se presentan como “verdes”, “eco” o “de bajo impacto” con una facilidad que invita, como mínimo, a la desconfianza. El problema no es la sostenibilidad en sí, que es imprescindible hoy en día, sino su uso sesgado, incompleto o directamente engañosol. Eso es greenwashing, o hipocresía verde, y en el sector construcción tristemente está más extendido de lo que nos gustaría. 

Uno de las principales trampas que detectamos habitualmente (siempre desde una mirada técnica y profesional) es reducir la sostenibilidad a la eficiencia energética en fase de uso. Eso se llama comunemente Carbon Tunnel Vision

Un edificio puede consumir poca energía una vez construido y, aun así, haber provocado un enorme impacto ambiental antes incluso de ser habitado.

Por eso, cualquier análisis serio debe basarse en el Análisis de Ciclo de Vida (ACV), que contempla todas las etapas: extracción de materias primas, fabricación, transporte, construcción, uso, mantenimiento y fin de vida. Cuando solo se enseña una parte del ciclo, el relato deja de ser honesto.

¿Cuál es el impacto real de los materiales más utilizados?

Cemento, hormigón y acero siguen siendo la base del modelo constructivo dominante. Sin embargo, su impacto climático es incuestionable. La fabricación de clínker, el componente principal del cemento, implica una reacción química que libera grandes cantidades de CO₂, independientemente de la fuente energética utilizada.

De forma orientativa, un metro cúbico de hormigón estructural puede emitir entre 300 y 450 kg de CO₂ equivalente, y la industria cementera representa en torno al 7–8 % de las emisiones globales, según datos recopilados por el Green Building Council España (GBCE) y estudios académicos de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). La industria de la construcción es responsable de aproximadamente el 40% de las emisiones globales, no es para bromear. 

A esto se suma una escala temporal poco compatible con los ciclos humanos: el cemento se obtiene a partir de recursos geológicos que tardan miles o millones de años en formarse.

El acero, presenta una huella aún más elevada. Incluso considerando tasas altas de reciclaje, la producción primaria de acero sigue dependiendo de procesos muy intensivos en energía. Las emisiones asociadas a estructuras de acero pueden situarse alrededor de 16.000 kg de CO₂ equivalente de material (no, no sobran ceros), y en 3.750 kg de CO₂ para el acero reciclado, tal y como recogen informes comparativos de ACV desarrollados por GBCE y diversos grupos de investigación europeos.

El discurso del acero verde existe, pero hoy sigue siendo minoritario y, en muchos casos, más aspiracional que real.

Los plásticos y materiales derivados del petróleo añaden más problemas al asunto. Además de su huella de carbono, introducen impactos asociados a la toxicidad, tanto durante su fabricación como a lo largo de su vida útil. Muchos de estos productos incorporan ftalatos, plastificantes, retardantes de llama o compuestos halogenados, sustancias relacionadas con alteraciones hormonales, problemas respiratorios o bioacumulación ambiental. Pese a ello, rara vez esta información aparece en la comunicación comercial.

Tóxicos, VOC y salud: el gran ausente

Uno de los aspectos más invisibilizados en el greenwashing constructivo es la salud de las personas, una cuestión que desde ARQUIMA consideramos inseparable de cualquier discurso honesto sobre sostenibilidad.

Adhesivos, pinturas, barnices, aislamientos sintéticos y acabados industriales pueden emitir compuestos orgánicos volátiles (VOC) durante años. Estos compuestos afectan a la calidad del aire interior y están relacionados con el llamado síndrome del edificio enfermo. Que un material sea eficiente térmicamente no lo convierte automáticamente en saludable.

La sostenibilidad no puede desligarse de la toxicidad. Un material con baja huella de carbono pero alto impacto sobre la salud humana no es, en sentido estricto, sostenible. 

¿Y la madera? Si, pero tiene que ser certificada!

La madera suele presentarse como la alternativa buena, y con razón en muchos casos. Desde un punto de vista de ACV, la madera reduce entre un 30 y un 50% las emisiones de CO2 equivalente respecto a soluciones equivalentes de hormigón o acero. Además, actúan como almacén de carbono biogénico durante décadas.

La diferencia clave está en los tiempos de regeneración. Un árbol puede crecer y volver a capturar carbono en escalas de 30 a 80 años, dentro del arco de vida humano (75–100 años). Esto contrasta radicalmente con materiales minerales o fósiles, cuya regeneración se mide en escalas geológicas.

Ahora bien, la madera no es neutra por definición. Su sostenibilidad depende de una gestión forestal responsable, de certificaciones fiables (FSC, PEFC), del tratamiento aplicado y de las distancias de transporte. También es muy importante contar y comprar materia prima cercana a la fábrica, para evitar impactos innecearios en la fase de transporte. Idealizarla sin datos empíricos también sería una forma de greenwashing.

Transparencia o marketing

El problema no es que todo impacte (porque todo impacta, incluido el ser humano), sino qué impacto asumimos y cómo lo gestionamos. Apostar por materiales de cultivo, regenerables varias veces durante una vida humana, con baja toxicidad y con datos ambientales verificables.

Para evitar el greenwashing, el sector debería exigir Declaraciones Ambientales de Producto, ACV completos según normas ISO (ISO 14040 y 14044) y una comunicación honesta que incluya tanto impactos como limitaciones, tal y como promueven organismos como GBCE y el ámbito universitario. La sostenibilidad no es un eslogan; es una cuestión de responsabilidad técnica, ambiental y ética.

Mientras sigamos llamando sostenible a casi todo, el término dejará de significar algo. Y eso, en un contexto de emergencia climática y sanitaria, es un lujo que no podemos permitirnos.

El Manifiesto de ARQUIMA

En ARQUIMA entendemos la sostenibilidad como una cuestión de coherencia, no de marketing. Rechazamos todo tipo de greenwashing. Diseñar y construir de forma responsable implica asumir que todo material impacta, pero también que no todos los impactos son iguales.

Creemos en una arquitectura que prioriza la reducción real del carbono embebido, la salud de las personas y el uso de materiales regenerables dentro de los tiempos del ser humano, no de la geología.

Rechazamos los discursos simplificados y las etiquetas vacías. Apostamos por datos verificables, decisiones conscientes y una forma de construir que no hipoteque el futuro bajo la apariencia de lo verde. 

Porque la sostenibilidad no se proclama: se demuestra, se mide y se construye.